por María Virginia Bruno


Libro, puesta en escena y dirección general: Gastón Marioni. Supervisación y arreglos musicales: Gastón Marioni y Florencia Zerillo. Elenco: Bettina Giorno, María Inés Portillo, Graciela Sautel, Irene Bianchi, Alejandra Bignasco, Florencia Zerillo. Diseño escenográfico: Enrique Cáceres. Realización escenográfic: Néstor Roux. Vestuario: Mariano Toffi. Maquillaje y peinados: Gabriel Ade y Fabián Martín. Luces: Gastón Marioni. Asistencia y operación técnica: Javier Oros. Diseño gráfico: Juan Pablo Antonelli. Fotografía: Fabián Scarsella y Emanuel Lucero. Asistencia de dirección: Javier Oros y César Barella. Teatro Estudio, 3 y 40, sábados, 21.30. 

Vacías, como los marcos sin pinturas ni fotos que decoran la pared. Las protagonistas de esta historia sufren por un espacio en blanco que les hace llorar el alma. Piden a gritos que les arranquen la vida de un tirón, porque el corazón ya lo han entregado. Al parecer, no tienen más para dar y les duele; cómo les duele. El regreso de Gastón Marioni al teatro para adultos, de la mano de un elenco de grandes actrices platenses, además de una pianista en vivo, no pudo haber sido más oportuno, en medio de un debate por la identidad de género, con las familias ensambladas como algo casi natural y con las nuevas legalidades que cada día ganan más terreno. Con humor, dramatismo y música romántica se busca reflexionar sobre los vínculos que nos definen como personas. ¿Biológicos o heredados? Esa es la cuestión. “Bárbara” (Giorno), una respetada psicóloga, apenas semanas después de la muerte de su madre, quien fuera una cantante reconocida de boleros, se entera que es adoptada. “¿Cómo me pudo robar el derecho a conocer mi identidad?”, se pregunta, angustiada, y comienza una búsqueda implacable por conocer la verdad de su origen, un fin desesperado en el que su vida personal comenzará a meterse en sus sesiones de diván. Cantan de a una, cantan juntas, cantan de a dos, pero siempre cantan. La música es parte de sus vidas o es el motor que las mantiene con vida Una de sus pacientes es “Sara Fingerman” (Bianchi), una actriz muy famosa pasada de moda, a la que todavía le quedan aires de divismo. Enérgica y bipolar, su vida se desarrolla entre los supuestos ensayos de “La Gaviota” de Chejov y la interminable espera de su marido, “Gabriel Tauber”, un popular cantante de boleros, quien se encuentra “de gira”. Su presente es el pasado y su futuro también. Bárbara la atiende por una derivación de su supervisora, “Verónica” (Bignasco), una reconocida psicoanalista, fanática de la música romántica. “Raquel Antolinez” (Portillo) es una periodista de espectáculos. Está escribiendo un libro en homenaje a las grandes voces de los boleros y la música romántica. Hace ocho años que no puede concretar un encuentro sexual. Se autodefine como frígida y eso la perturba. Bárbara, una especialista en psicodrama, la incentiva en una intensa sesión, pero ella parece negarse a intentar ser feliz. “Soy exitosa en la soledad, soy exitosa en no sentir”, grita, desgarrada, intentando desentrañar ese síntoma que no le permite gozar, que la censura, que la convierte en una “mujer de papel”, de ésas que aparecen en sus artículos, de ésas que ama, quizás… Una de ellas es “Elena Da Ruggiero” (Sautel), una de las voces románticas más aclamadas por el público. Está preparando su último show, el de despedida, pero no se anima a enfrentar al periodismo. Teme que le pregunten eso que es un secreto a voces. Por eso acude a Bárbara, la hija

de su antigua “enemiga”, quien en un principio se rehúsa a ayudarla, pero después acepta, motivada por su búsqueda personal. Sara, Raquel y Elena, convocadas por Bárbara y Verónica, aceptan hacer una terapia de grupo. Un encuentro casual al que llegan sin saber que saldrán transformadas. Las vidas de las cinco mujeres están vinculadas por algo más que la carencia y el dolor. Con sus miserias expuestas, parece haber llegado también la liberación. Las verdades salen a la luz y la posibilidad de una nueva vida se comienza a visibilizar. Entre sesión y sesión, la música es una protagonista más. La pianista (Zerillo) es la encargada de poner la melodía justa a los silencios más desgarradores, a las palabras que no encuentran otra enunciación posible. Es el hilo conductor de una historia marcada por los boleros. “Arráncame la vida”, “Espérame”, “Cuenta conmigo”, “Cosas de la vida”, “Historias de un amor” y “Quizás”, entre un largo y rico etcétera que también incluye fragmentos originales, musicalizan la velada. Cantan de a una, cantan juntas, cantan de a dos, pero siempre cantan. La música es parte de sus vidas o es el motor que las mantiene con vida. “Melodías de Diván”, o cómo esa cosa que llamamos vacío se puede llenar aunque duela (y mucho).