por Irene Bianchi 
 
“Pericones”, de Mauricio Kartun, por el elenco de la Comedia de la Provincia: Emilio Rupérez, Rossana Tenencia, María Laura Albariño, Luis Rende, Eduardo Forese, Diego Aroza, Andrés Cepeda, Martín Kasem, Oscar Ferreyra, Alejandra Bignasco, Fabio Prado González, Gustavo Portela, Carolina Painceira, Javier Guereña, Florencia Zubieta, Ezequiel Díaz, Marcelo Allegro, Gladys. Vestuario: Analía Seghezza. Escenografía: Enrique Cáceres. Diseño de luces: Federico Genovés y Miguel Bergés. Preparador de escenas aéreas y de lucha: Luciano Guglielmino. Diseño y realización de proyecciones audiovisuales y sonido: Federico Bongiorno. Diseño Gráfico: Ricardo Baldón y Martín Pirrone. Asistencia de dirección: Nelly Otero y Nicolás Prado. Dirección: Omar Sánchez. Producción: Comedia de la Provincia de Buenos Aires. Sala Armando Discépolo, calle 12 entre 62 y 63. Viernes y sábados 21 hs., domingos 19 hs.
Mauricio Kartun  (“Chau Misterix”, “Cumbia, Morena, Cumbia”, “La Madonnita”, “El partener”, “Sacco y Vanzetti”) estrena “Pericones” el 10 de abril de 1987, en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, bajo la dirección general de Jaime Kogan. La obra transcurre a fines del siglo XIX, en tres fiestas patrias: un 25 de mayo, un 20 de junio y un 9 de julio. En sus declaraciones al diario La Razón del 3/3/87, Kartun dijo de su obra “Es una pieza que defino como irreverentemente histórica. Es más bien una recreación fantástica de algunos acontecimientos de la historia argentina. En ella confluyen varios temas que siempre han despertado en mí una cierta fascinación: la historia, la utopía, la traición –característica de clase de algunos sectores del pueblo argentino-. En ella confluyen imágenes de toda una mitología personal, sobre todo proveniente de mis lecturas infantiles, fundamentalmente Emilio Salgari. “Pericones” puede ser considerada una historia más de piratas. En una frase me atrevería a decir que esta obra es la condenación de la estética de Salgari y el pensamiento nacional de Hernández Arregui.”
Al imaginar su barco frigorífico-mercante “El Pampero” con rumbo a la Ciudad Luz, tal vez Kartún se haya inspirado en “La nave de los locos”, del pintor flamenco El Bosco, o en la sátira alemana “La nave de los necios”, de Sebastián Brant. Otro dramaturgo que se valió de un barco como alegoría de la sociedad fue Eugene O’Neill en “El mono velludo”.
La variopinta tripulación y pasajeros de “El Pampero”: el Capitán y su Alférez, dos historiadores enfrentados (unitario y federal), un actor disfrazado de Juan Moreira, prófugo de la justicia por estafador, encargado del asado; su ayudante, un fogonerito cordobés, una pseudo condesa argentina, columnista del diario La Nación; un estudiante socialista-utópico; un productor teatral inescrupuloso que viaja con su troupe de indígenas enjaulados, para  cautivar a los parisinos con sus luchas y boleadoras.
En medio de la travesía, el barco es atacado y abordado por corsarios ingleses. La bodega repleta de medias reses congeladas parece un buen botín para estos piratas de historieta, aunque –con el correr de los días –haya que arrojarlas al mar a medida que se van pudriendo.
No sólo las reses se degradan en El Pampero: el aspecto personal de los viajeros, sus vínculos, sus principios, su ideología, sus valores, sus ideales, sus proyectos. Todo se descompone en esta nave a la deriva, en esta Argentina sin timón; todo se echa a perder sin prisa y sin pausa. Todo se pervierte y se subvierte. Las máscaras se van cayendo, una a una. La hipocresía, la perversidad, las mezquindades, el individualismo, el sálvese quien pueda, los intereses creados, las ambiciones personalísimas y falsas moralinas, todo queda al descubierto de una manera cruel y descarnada.
“Pericones” es una fábula sin fin, una metáfora doliente, una farsa feroz que desnuda algunas características siniestras del “ser nacional”, lo peor de nosotros mismos.
Omar Sánchez, capitán de esta ambiciosa y riesgosa aventura, lleva su nave a buen puerto. Su puesta es dinámica, avasalladora, atrapante. Logra captar la atención del espectador de comienzo a fin, a pesar de las sobradas dos horas de duración del espectáculo. Su marcación actoral es puntillosa, minuciosa, detallista. No se le escapa nada. Alterna los climas y los tonos con absoluta maestría. Entretiene, divierte, cautiva, seduce, conmueve, espanta, inquieta. Su producto es una caja de Pandora, una galera mágica. Nada resulta trillado ni previsible. Todo sorprende. Teatro del mejor.
Para ello, el director cuenta con una veintena de actores y actrices magníficos, que hacen gala de una versatilidad, un talento, un rigor y un profesionalismo destacables. Un elenco de lujo al servicio de un texto contundente y provocador, muy oportuno en el contexto de los festejos del Bicentenario.
Otro elemento clave que asume un rol protagónico en “Pericones” es la impactante escenografía de Quique Cáceres, tan convincente que logra transformar la sala en una embarcación, con los espectadores como pasajeros. El recurso de la proyección de imágenes en una pantalla es otro notable acierto de la puesta.
Excelente el vestuario de Analía Seghezza, como así  también el maquillaje.

“Pericones”: una cita ineludible para pensarnos como sociedad.