“Muerde”, unipersonal escrito y dirigido por Francisco Lumerman, protagonizado por Luciano Cáceres que vimos en la Sala 420, literalmente quita el aliento.

El actor se pone en la piel de “René”, un muchacho a quien hoy definiríamos como neurodivergente. Décadas atrás, se solía hablar del “cuarto del opa”, lugar donde algunas familias ocultaban a los hijos con alguna discapacidad física o cognitiva. En esta pieza, el recinto al cual René se ve reducido es un taller de carpintería, donde su padre y él hacen ataúdes. Ahí vive René, ahí duerme en un colchón en el piso, sobre el aserrín; se higieniza (sólo en ocasiones especiales), afuera, a manguerazo limpio, y se alimenta con lo que su padre –a quien se refiere como “ÉL”- le tira, una vez terminada la tarea.

René no tiene acceso a la casa en la que viven su padre, la mujer de “ÉL”, a quien llama “bolsa de palabras”, y su medio hermano, “el grandote”.  Allí nunca fue ni será bienvenido. Es un paria, un descastado, un ser abandonado, marginal y marginado.

Sin embargo, sí tiene un vínculo con alguien, una mujer llamada Rosa, que lo visita por las noches y con quien tiene un sexo casi animal.

Cáceres no se limita a componer a René, sino que también personifica a su padre, a su madrastra, a su medio hermano, y a Rosa. Se multiplica en esos personajes apelando a un sinnúmero de recursos actorales. Modifica su voz y su lenguaje gestual y corporal con una ductilidad asombrosa y en contados segundos. Un “capolavoro” admirable. Una “Master Class”.

Desde el vamos, vemos sus manos ensangrentadas, imagen que inevitablemente asociamos con  Lady Macbeth: “¿Qué? ¿Estas manos nunca estarán limpias””, se pregunta ella tras el asesinato del Rey Duncan.

¿Por qué las manos de René están impregnadas de sangre? ¿Es sólo como consecuencia de haber matado a golpes a dos perros? ¿Qué ocurre en ese galpón al final del relato, cuando él se ve rodeado de vecinos amenazantes? Cada espectador imaginará cuál es el previsible desenlace.

Hay un clima de ominoso misterio, de inevitable tragedia, que sobrevuela toda la obra. El diseño sonoro de Agustín Lumerman y la iluminación de Ricardo Sica, y la escenografía de Agustín Garbellotto, juegan roles fundamentales en la puesta en escena.  

Este verdadero “tour de forcé” de Luciano Cáceres en “Muerde”, su entrega, su compromiso, su versatilidad, generan la atención inclaudicable de la platea, que casi ni respira y lo aplaude de pie. Colmada de público, la Sala 420 disfrutó de un espectáculo formidable, que merece ser recomendado y visto más de una vez.

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