En 1980 tuve ocasión de ver “Al fin y al cabo es mi vida” en el Teatro Ateneo, dirigida por Agustín Alezzo, protagonizada por Duilio Marzio, al frente de un elenco integrado por Graciela Dufau, Aída Luz, Alfredo Iglesias, Linda Peretz y un joven y casi desconocido Carlín Calvo, en el rol de un pícaro y simpático enfermero. En 1981 se estrenó la película “Whose life is it anyway?”, con Richard Dreyfuss, basada en la obra de autor inglés Brian Clark. Hoy Silvia Kutika se pone en la piel de esta escultora y docente que, tras sufrir un grave accidente automovilístico, queda postrada en una cama de hospital, cuadripléjica, con un pronóstico desalentador, pues deberá vivir con asistencia de ahora en más. Enorme desafío para una actriz, ya que “Clara” -su personaje- sólo cuenta con su voz y los movimientos de su cabeza para expresar la enorme impotencia que la embarga. ¡Y vaya si la Kutika lo logra!

Clara, en pleno uso de sus facultades mentales, toma una decisión drástica: quiere dar por finalizado su tratamiento, recibir el alta médica, irse a su casa y morir tranquila. Punto.

Curiosamente, el tema que plantea Brian Clark en su obra, cobra hoy dolorosa actualidad. Hace apenas unos días la joven española Noelia Castillo Ramos recibió “ayuda médica para morir”, respaldada por la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia en España. Noelia había sufrido un ataque sexual múltiple, tras lo cual intentó quitarse la vida arrojándose de un balcón, lo que le produjo una paraplejia irreversible. A pesar de la resistencia de su familia y la enorme polémica desatada a nivel religioso y social, Noelia logró su cometido, tras un largo y engorroso proceso. Su súplica “Quiero irme en paz y dejar de sufrir” fue finalmente escuchada, tras veinte meses de batalla legal.

Indudablemente, la obra de Clark, dirigida hoy por Mariano Dossena que vimos en el Teatro Municipal Coliseo Podestá, resulta muy inquietante y perturbadora. ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestra propia vida? ¿Tenemos derecho a tomar una decisión tan irreversible para dejar de sufrir psicológica y físicamente? ¿Qué tiene de malo, de reprochable, intentar conservar un mínimo de dignidad hasta el final?

La composición de Silvia Kutika hace de Clara un personaje querible, entrañable. Su sarcasmo, su ironía, la ayudan a mitigar la angustia de estar presa dentro de un cuerpo inerte. Aguda, inteligente, mordaz, Clara flirtea con los médicos y el enfermero, hace chistes de humor negro, desdramatiza la situación límite en la que se encuentra. Interpretación sutil, delicada, honesta hasta la médula, creíble, visceral. Capo lavoro el suyo.

El elenco de “Al fin y al cabo es mi vida” es compacto y homogéneo. Destaco los trabajos de Fabio Aste como Jefe del equipo médico. Su personaje se debate entre el juramento hipocrático de salvar vidas, y la empatía con otro ser humano, que no es un número más, un paciente del montón, sino una mujer que pide algo razonable, atendible, mal que le pese al responsable de mantenerla en vida, cueste lo que cueste, contra viento y marea.

Muy graciosa y fresca la enfermera de Morena Pereyra. Dúctil y versátil la actriz Tania Marioni que se desdobla en enfermera monja y asistente social. Su “preciosa” monjita, un verdadero hallazgo.

Lo atractivo de propuestas teatrales como “Al fin y al cabo es mi vida” es que le ofrecen al espectador material de reflexión; lo  incomodan, lo interpelan, lo atraviesan,  lo obligan a plantearse temas existenciales que nos competen a todos por igual. Se suele decir que uno de los objetivos de un espectáculo es –en alguna medida- modificar a quien lo vio, sacudirlo, impactarlo. Y esta obra lo logra con creces.

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