
Como muchos argentinos, soy producto de la educación pública y gratuita, en sus tres niveles. Estudié y me gradué en la Universidad Nacional de La Plata en la década del 70. En ese momento, esta ciudad -que luego me adoptó para siempre- recibía miles de jóvenes del Interior, puesto que no había tantas casas de altos estudios en otras provincias. Pululaban los centros de estudiantes, con sus características peñas y guitarreadas. La capital de la provincia era un punto de encuentro muy enriquecedor para todos, del que quedan amistades entrañables. Solíamos compartir almuerzos en el Comedor Universitario, una bella época a pesar de las convulsiones políticas y del fatídico golpe de Estado del ‘76.
Mirando el currículum de nuestro actual Presidente, veo que él se graduó en la Universidad de Belgrano y se perfeccionó en el Instituto Di Tella. Tal vez ésa sea la razón por la cual sólo señala las irregularidades del sistema estatal y no sus extraordinarios beneficios. La universidad pública es la puerta de acceso al progreso, al futuro. Recordemos la obra de teatro del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez, “M’hijo el dotor” (1903), muestra del ascenso social logrado a través del estudio.
Mi propia madre, inmigrante italiana, se graduó de doctora en Química en la UNLP, siendo una de las primeras mujeres que ingresaron a esa prestigiosa universidad. Por eso, apoyé junto a mis hijos la marcha universitaria federal. Si tanto le preocupa al Presidente ciertos manejos turbios en los fondos destinados a la universidad pública, ¿por qué no pone el mismo empeño en esclarecer el enriquecimiento ilícito de algunos de sus funcionarios, y sus obscenas muestras de ostentación?
Diario Clarín, 26705/2026